24 enero, 2009

Antropología del incesto

El incesto (del latín "incestare", infestar, contaminar) viene a ser, según la santa inquisición lingüística RAE, toda "relación carnal entre parientes dentro de los grados en que está prohibido el matrimonio", es decir, cualquier clase de actividad sexual entre padres, hijos, sobrinos, abuelos, nietos, primos, hermanos y demás familia.

El incesto está prohibido por la ley en casi todo el mundo occidental, aunque no de la misma forma y con la misma intensidad. En España, sin ir más lejos, el incesto es legal, pero no por ello deja de estar muy mal visto. Aún así, el sexo entre padres e hijas es mucho más común de lo que pensamos; y no estamos hablando de abusos, sino de relaciones íntimas consentidas (y casi siempre ocultas) entre una señorita hecha y derecha y su señor padre. No es esto algo nuevo ni moderno: el mismísimo Lot bíblico fue seducido por sus hijas con ayuda de unos buenos tragos de licor de uvas. El incesto entre hermanos tampoco es raro, hasta el punto de que, el año pasado, dos hermanos alemanes que llevan 7 años casados y tienen 4 hijos (dos de ellos deformes) apelaron al Tribunal Constitucional de su país para que despenalice el incesto, que en Alemania se castiga con condenas de hasta 3 años de cárcel.

"¡Cómo es posible que los hombres sensatos puedan llegar a la absurdidad de creer que el goce de su madre, de su hermana o de su hija pueda ser delito!", se preguntaba el Marqués de Sade en La filosofía en el tocador. Pues lo cierto es que existen infinidad de teorías. Según Freud, el incesto siempre es deseado inconscientemente y su prohibición tiene como función coartar al ser humano de las tendencias de matar a su padre y desposar a su madre. Marks llegó más lejos, hasta comparar el asco al incesto con el miedo a las serpientes: algo instintivo o, al menos, de "fácil aprendizaje". Luego está la explicación biológica, que dice que las criaturas nacidas de coitos entre parientes cercanos podrían ser psíquica y físicamente defectuosas. Los sociólogos, por su parte, dicen que no, que lo que pasa es que el incesto provoca confusión de los roles sociales y por eso no se tolera. Según el antropólogo francés Claude Lévi-Strauss, la prohibición del incesto inaugura la cultura humana, en oposición a la naturaleza. Y el filósofo y sociólogo Edvard Westermarck cree, sin embargo, que el repelús que producen las relaciones entre parientes es algo que forma parte de la naturaleza humana y que la atracción erótica se desvanece cuando has crecido con otra persona, sea o no sangre de tu sangre, lo cual explicaría la extensión del tabú a los padres e hijos adoptivos.

Como ven, esto es un lío: los expertos no se acaban de poner de acuerdo sobre el incesto y, en pleno siglo XXI, aún no existe ninguna teoría que vaya a misa, salvo la de la Iglesia, que sentencia que el incesto es malo porque es un pecado de los gordos. Así que sí: esto del incesto sigue siendo un misterio. Sólo cabe echar mano a las enciclopedias de Historia para intentar proyectar un rayo de luz sobre tan espinoso asunto.

Historia abreviada del sexo entre parientes

La miremos como la miremos, la Historia está llena de incestos. Ya en la antigua Grecia, cuna de sabios y pederastas, el incesto madre-hijo era obligatorio, por aquello del aprendizaje, y los dioses de la mitología griega fornicaban entre familiares como si tal cosa. En Roma, Nerón se acostaba con su madre y Calígula con tres de sus hermanas. En la Edad Media, el mismísimo Rey Arturo tuvo un hijo con su hermana Morgana. Y en Egipto, la dinastía ptolemaica y muchos faraones se entregaban a prácticas incestuosas, que nunca han sido un tabú en ese país porque en su mitología es el pan nuestro de cada día.

El padre Abraham (el de la Biblia, no el de los Pitufos) se casó con su hermana Sara, sentando un precedente que convertiría las Sagradas Escrituras en un cúmulo de incestos... además, si nuestros primeros padres eran sólo dos (y, encima, parientes)... ¿cómo se las arreglaron para llenar el mundo de personas? Pues fornicando como conejos, aún estando prohibido por Dios desde los tiempos del Paraíso: el pecado original sería, pues, el incesto. Y, si no, que se lo digan al papa renacentista Alejandro VI, que no dudó un segundo a la hora de fornicar con su hija, la bellísima Lucrecia Borgia.

También se ha cometido incesto, a lo largo y ancho de la historia humana, por razones de Estado: se supone que es más fácil concentrar y perpetuar el poder entre una familia o dinastía (y digo se supone porque luego siempre acababan todos a palos, sean o no parientes). Algunas de las monarquías incestuosas han sido los Tawantinsuyo (incas) o los antiguos egipcios (Cleopatra se casó con dos de sus hermanos). Eso por no hablar de monarquías europeas como los Austrias o los Borbones, que se apareaban entre ellos por imperativo real. Más vicioso fue el caso de Carlomagno, que no dejaba casarse a sus hijas porque las tenía de amantes; o Augusto II el Fuerte que tenía como concubina favorita a su propia hija bastarda.

En la actualidad, el incesto es una costumbre permitida en ciertas zonas de Sudamérica y entre algunos focos de la white trash norteamericana (sobre todo en zonas rurales o económicamente deprimidas). La tribu sudamericana de los kubeo, por ejemplo, lo considera un rito de iniciación a la edad adulta. Los indígenas hawaianos y peruanos lo han practicado hasta hace nada. Y en la tribu africana de los tutsi, si un hombre tiene un gatillazo en su noche de bodas tiene que ir junto a su madre para que ésta le devuelva con sus artes la virilidad. ¿Se imaginan la papeleta?

Incestuosos célebres

"Cándido, hermoso es el incesto. Madre e hijo se ofrecen sus dos ramos de lirios blancos y de orquídeas, y en la boca llevan ya el beso para desposarlo", escribió el poeta Leopoldo María Panero, que, además, en el film documental El desencanto (Jaime Chávarri, 1976) reconoció (literalmente) que "a mí en todo caso me gustaría acostarme con mi pad... con mi madre, que es la negación del edipo, porque el edipo es una represión de lo que yo tengo consciente y deseante".

"Claro, pero Panero está loco", dirá alguno. Sí, pero existen muchos más casos de destacadas personalidades de la cultura, que se supone que están (más o menos) cuerdos y cayeron en las mieles del sexo consanguíneo. Veamos algunos ejemplos:

Lord Byron (poeta): aún estando ya casado, tuvo una hija con su hermanastra Augusta, también casada.

Johann Sebastian Bach (músico): este brillante compositor, organista, clavecinista, maestro de capilla y cantor se casó con su prima Maria Barbara en 1707.

Anaïs Nin (escritora): en Incesto. Diario amoroso (1931-1932) cuenta con detalles cómo se embarca en un apasionado romance con su señor padre tras 20 años sin verle el pelo.

Jerry Lee Lewis (rock'n'roll hero): en plena cima de su carrera (año 1957), va y se casa en secreto con su prima Myra que, para más inri, tenía 13 años. Fueron felices, tuvieron dos hijos y se divorciaron a principios de los 70.

Woody Allen (cineasta): comenzó una relación sentimental con su hija adoptiva adolescente Soon Yi y acabó casándose con ella.

Serge Gainsbourg (cantautor): en 1984 escandalizó al mundo grabando la canción Lemon incest (Incesto de limón) junto a su hija Charlotte, que por aquel entonces estaba en las puertas de la adolescencia.

Edgar Allan Poe (escritor): a los 20 años se fue a vivir con su tía y se enamoró locamente de su primita Virginia, casándose con ella algún tiempo después.

Charles Darwin (biólogo): el mismísimo papá de la Teoría de la Evolución se casó con su prima Emma, con la que tuvo nada menos que diez hijos, demostrando que, además de un genio, era un jabato.

Fuente: ADN

3 comentarios:

La nada dijo...

Me encantan mis primas, y he compartido con una de ellas.
Es excelente tu punto de vista, y el relato mejor.

Juan C. dijo...

umm....
mucho que decir...mucho que pensar pero siempre pone.
Excelente tu...y excelente tu blog

Pedro Garcia Millan dijo...

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Gracias